jueves, septiembre 15, 2016

Querido Fútbol

Jugar fútbol te transforma. Hacerlo todas las semanas te transforma. En la cancha eres otro, todo se va y eres tú, la pelota y otros más. Eso es la vida en ese momento, la sensación de no querer ni un gol en contra y darlo todo por marcar cada vez que puedas. 

Y nunca escribo sobre fútbol porque eso para mi es como ir a la iglesia. Es una misa: todos sabemos lo que pasa en una misa, de la misma manera que todos sabemos lo que ocurre en una cancha de fútbol. Sin embargo, nadie sabe lo que el jugador trae a la cancha, así como nadie sabe en el fondo por qué el otro va a misa. Los únicos que viven eso son los jugadores y entre jugadores se conocen muchísimo. Saben del otro lo que en ningún otro lugar se podría. 

La mayoría de las personas con las que juego son desconocidos. No sé que hacen, quienes son, si tienen novia, si manejan carro o bicicleta, ni siquiera si tienen padres, apenas se su nombre y eso porque es necesario para hablarles en la cancha. Sin embargo puedo decir sobre ellos muchísimo. Sé que uno es ambicioso, sé que otro es arriesgado, puedo distinguir entre los que dicen: "déjame que sé lo que estoy haciendo" y los que dicen "ayúdame con este que me está estorbando" sin que mencionen una palabra. 

En la cancha sé cómo se comportan bajo presión, cómo se relejan cuando todo está yendo bien. Cómo alardean cuando las novias los están viendo jugar, como celebran cuando hacen gol y cómo luchan para que no reciban ni uno. El fútbol me resume sus vidas en las aspectos esenciales. Me demuestran si son capaces de compartir, si tienen paciencia para enseñar o no toleran jugar con novatos. En la cancha de fútbol se conoce el cariño que le tienen al deporte y lo importante que es para cada uno. Hasta donde son capaces de llegar por algo que aman o desprecian. 

No es gratis que lo amemos tanto. No.  

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